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Diciembre en Marrakech  ( 1,026 visualizaciones) Imprimir
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Ulipia
Diciembre 22, 2011, 12:06pm Denunciar al Moderador

Curso de Terapeuta
Posts: 2,484
Ubicación: Madrid
En el puente de diciembre estuve unos días en Marrakech. Antes de irme, alguien me dijo: “Ese debe de ser un lugar de ensueño”, y yo pensé que, más que de ensueño, la ciudad era la vida bien despierta. Una vez allí, empecé a profundizar en esa idea, hasta que el viaje se convirtió, una vez más, en una metáfora que me proporcionaba datos sobre mi camino.

En efecto, la ciudad es toda la vida condensada y comprimida en sus calles. En las calles se compra, se vende, se negocia, se come, se descansa; en las calles se fabrican muebles, se repuja el estaño, se hila, se teje, se tiñen las lanas; en la calle se duerme, se mendiga, se guisa, se juega; por las calles se transita en un ajetreo sin fin.

Marrakech, como dice el tópico, es el cruce de varios mundos: el Norte y el Sur; Oriente y Occidente; fantasía y realidad. Los colores, las vestimentas, las barbas largas sobre las chilabas, los turbantes, los ojos negros y penetrantes en las caras curtidas; los ojos negros y penetrantes asomando entre velos; los ojos negros y vivos de los niños traviesos y descarados que juegan y corren libres por los callejones; el aroma del almizcle y del ámbar; todo nos transporta a los cuentos orientales de la infancia. La mugre, la miseria, el hedor de los curtidos, los charcos, nos devuelven a la realidad material.

Pasear tranquila y relajadamente por la medina de Marrakech requiere cierto entrenamiento; requiere haber comprendido profundamente que el otro, aunque vista distinto, no es en sí tan diferente; que la comunicación es posible; que no por extraño el otro es más peligroso.

Una vez que el espectáculo de la vida deja de ser ajeno y uno pasa a integrarse como un elemento más de ese entramado bullicioso; cuando desaparece la sensación de riesgo generalizado, surgen los obstáculos concretos, que habrá que superar para poder pasear, para poder vivir, relajadamente. Como en la vida cotidiana, uno no puede centrar su atención en los potenciales peligros de cada día. Es necesario vivir, pasear, tranquilamente dejando que los riesgos nos sorteen a nosotros, sin pretender controlar lo incontrolable. Es imposible pretender esquivar con éxito las decenas o los cientos de Vespinos o Mobilettes que te rozan el brazo, o que frenan a un palmo de tu espalda, o que solo giran cuando están a medio metro de tu cara. Solo se puede pasear en paz ignorándolos, sabiendo que ellos tampoco desean un atropello y que saben cómo hacer para evitarlo.

Las calles de la medina de Marrakech son la vida concentrada y condensada en muy pocos metros de ancho y muchísimos metros de largo.

Creo que mi entrenamiento en este tipo de experiencias es más que aceptable, pero en esta estancia en la ciudad había algo nuevo para mí; algo de lo que no había disfrutado nunca: tengo la llave de un riad. Es una casa preciosa, distribuida en torno a un patio cuadrado. En medio del bullicio de la medina, el riad es un auténtico remanso de paz y silencio, solo roto por el canto de los pájaros. Buganvillas, palmeras, plataneras y jazmines decoran y perfuman este recinto interior de paz. Aisha y Abdesalam no viven en la casa, pero se encargan de traer y disponer lo necesario, o lo simplemente deseado: cervezas en la nevera o una botella de un aceptable vino marroquí: “Pedid y se os dará”.

Mi mundo interior, mi riad, es amplio y cuenta con todas las comodidades. La única comunicación con el exterior es la puerta de entrada, tan pequeña que incluso yo tengo que bajar la cabeza para pasar. No hay ventanas que den al ajetreo de la vida en la calle. El cielo, enmarcado por el patio cuadrado, constituye el único escape para la vista.

A la casa se llega después de caminar por un laberinto de callejones que parte de uno de los rincones más intensos de la medina. El contraste hace que se aprecie más la paz de ese mundo interior. Es un placer estar a resguardo y, sin embargo, sería absurdo estar en Marrakech disfrutando tan solo de ese bienestar interior: la experiencia incluye el contraste, alternar el bullicio con el silencio y el caos con el orden.

No es fácil llegar al riad, así que antes de abandonarlo hay que asegurarse de saber volver, reteniendo el mayor número posible de detalles. Pero aún habiendo tomado todas las precauciones, no es raro que con el paso de las horas esas pistas hayan desaparecido o cambiado en el transcurrir de la vida de los callejones. No es posible preguntar, porque es una casa sin nombre, escondida en el laberinto, y, además, nadie entiende el deseo de buscar ese edificio anodino y casi mugriento  por fuera.

A diario, volver a la paz de la casa es ir contra corriente. Hay un lugar que es el centro del espectáculo y a donde se supone que todo forastero desea ir: la Plaza de la Jemaa el Fna y cualquiera que camine en dirección contraria a la plaza será advertido continuamente: “La place c’est per lá”. Nadie entiende que de la plaza también se vuelve. Todo el recorrido hasta el lugar de la paz interior irá acompañado de recriminaciones o burlas: “Por allí c’est fermé”. “Los zocos están cerrados” “Por allí no hay nada”.  Se requiere un esfuerzo de seguridad para seguir el propio camino.

Y aún si pudiésemos preguntar, no conviene confiar en cualquier guía que se ofrezca voluntariamente: a cincuenta metros del lugar al que se dirija el forastero puede aparecer un experto del lugar, guía voluntario, dispuesto a desviarle de su recorrido asegurándole que va desorientado; se ocupará, con mucha diligencia y simpatía, de llevarle en dirección contraria, y cuanto más largo sea el rodeo extra más pretenderá cobrar: simplemente una propina, su ayuda es desinteresada, pero lo que el extranjero le dé siempre le parecerá poco y pretenderá exigir más. ¡Qué buen detalle el de esta metáfora del camino!

Aunque hablo en singular, por suerte no voy sola. Comparto este viaje con mi pareja. Una noche, de vuelta al riad, caminando por el laberinto de callejones, me doy cuenta de que él lleva bastantes minutos andando a una cierta distancia detrás de mí. Me vuelvo y le digo: “Si pretendes ponerme a prueba, ahórratelo. Sé llegar perfectamente”. Pro él me contesta: “Me estás interpretando mal. Eres tú la que has acelerado el paso. Yo simplemente quiero seguir disfrutando del paseo a mi ritmo”. Anoto la respuesta a mis deseos de sentirme acompañada por él en este proceso.

Ya en la casa, tumbada en un diván en el patio, mientras meditaba sobre este viaje tan simbólico, vi que Venus lucía en solitario en medio del cuadrado del cielo. Poco a poco se desplazó, dando paso a una enorme luna llena que se instaló poderosa en el centro del universo del patio.

De vuelta en Madrid, mi mente repetía una idea insistentemente: “Somos seres espirituales viviendo una experiencia material”. Si es así, merece mucho la pena vivir la experiencia completa.


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Ulipia  -  Diciembre 22, 2011, 12:19pm
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Gustavo
Diciembre 22, 2011, 1:55pm Denunciar al Moderador
Invitado
Y ese alguien te reitera: "Les felicito por el viaje, especialmente a ti que te encanta viajar y sobre todo, a un destino que debe ser un sueño en muchos aspectos. Un beso enorme "

De lo que dices de los olores y de la naturaleza humana, es precisamente eso a lo que me refería, ya que lo mío es paradójico: detesto viajar, pero disfruto siempre experimentando como observador de todo lo que se presenta ante mi... aunque no me molestaría que subieses alguna foto
En el foro
Correo Respuesta: 1 - 3
Ulipia
Diciembre 22, 2011, 2:21pm Denunciar al Moderador

Curso de Terapeuta
Posts: 2,484
Ubicación: Madrid
Hola, "alguien" .

Mi cámara está estropeada y "él" sí hizo fotos, aunque no he tenido tiempo de verlas siquiera, ya sabes mis líos del momento . Cuando las vea subiré algunas si merecen la pena, porque la verdad es que íbamos más de simplemente estar y empaparnos del ambiente que de dejar testimonio.

En todo caso, no sé exactamente cuando, pero seguro que tendrás algún recado de parte de "Telecariño"...


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nieves
Diciembre 22, 2011, 6:59pm Denunciar al Moderador
Invitado
Gracias inmensas por compartir como lo haces, tu camino, por ver y trasmitir tan nítida tanta belleza, la belleza de todo, con tu permiso Maestra, me lo guardo para releerlo una y mil veces, para comprender donde estoy en este momento y como salir y entrar de la plaza a la casa y de la casa a la plaza, siendo capaz de disfrutar de ambas y también del laberinto  aprender a confiar ....y sobre todo porque es un auténtico placer dejarse transportar por tu palabra a lugares que me resultan tan familiares, aunque no recuerdo haber estado allí



PD: Pía, Gustavo y Barbara, Gracias!!
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