Algo sobre mi.

En realidad hasta me parece extraño que tenga tan poco que reseñar de mis primeros cincuenta años, pero en todo caso, lo bueno de esta situación es que no voy a tener inconvenientes para realizar una síntesis.

Nací en la ciudad de Mar del Plata en el año bisiesto de 1960, más precisamente a las 13 horas del viernes 1º de Julio. Soy el menor de tres hermanos; mi madre tuvo que someterse a un tratamiento porque perdió dos embarazos... pero luego tuvo una sorpresa de 4,8 kilos. Un monstruito de cabeza extraña, ya que me encajé en el canal de parto. La foto es de mi octavo día y como es lógico por el tamaño, mi postura es bastante atípica para un crío de tan corta edad.

(La cabeza se acomodó con el tiempo. Bueno, casi.)

Siendo conejillo de Indias de mi hermana, que por aquel entonces estudiaba Magisterio, fui incentivado a aprender a leer y hasta a cantar algo en francés a una edad bastante inusual, o sea que en jardín de infantes ya era una cajita de monerías :)

tato

Obviamente, para la época; hoy día los niños tienen otro tipo de estimulación, pero el ser así en mis tiempos, me separó bastante del aprendizaje social convirtiéndome en una persona bastante solitaria, observadora y con un rico universo interior.

(Al menos, eso decían las notas en mis primeros boletines de calificaciones, forrados en "papel Araña" verde, rojo o azul -que ni se si aún existirá.)

Para una socialización efectiva es necesario contar con puntos o intereses en común y en honor a la verdad, mi generación y yo, definitivamente no los teníamos. Ellos estaban fascinados por la experiencia de corretear todo el tiempo, interactuando en grupos (hordas), aprendiendo roles y yo, leyendo a Theillard de Chardin a los cinco. Desde ya, poco es lo que podría comprender sobre el pensamiento del jesuita, pero me llamaba más la atención la lectura que el trabajo en equipo. La lectura me había proporcionado una llave para adentrarme en un mundo que no pude compartir hasta pasado muchísimo tiempo.

El primer contacto con un libro sagrado ocurrió de una manera bastante atípica. Tuve en la niñéz un gran amigo llamado Walter López, algo mayor que yo -si bien siendo niño, dos años hacen un abismo-, muy inteligente, inquieto y buena persona. En una oportunidad estábamos en el pórtico de un vecino, guareciéndonos de una feroz tormenta que apareció casi de la nada, cuando comenzó a volar todo tipo de objetos livianos y entre ellos, unas hojas del Apocalipsis de Juan arrancadas de una biblia. Nunca más hablamos de ese tema aunque nos quedó una conversación pendiente -muchísimos años después- sobre Ouspensky. Ya no tengo oportunidad física de tener esa charla, pero el día que me encuentre nuevamente con él, quizá hablemos de otras cosas.

El caso es que para una mente provista de tanta curiosidad natural y al mismo tiempo "a estrenar", como la mía, ese trozo de papel delgado y sucio caló tan hondo que aún hoy recuerdo la circunstancia; hablaba de la tercera parte de la humanidad, de jinetes y de cosas que hacían erizar el vello de la nuca, pero a su vez encerraba una invitación a la aventura de seguir leyendo ya que el tema bien lo valía. Y fue así que desde mi incipiente mística infantil quedé enamorado de esos nebulosos pasajes. Luego, a pesar de haber realizado mis estudios primarios en un colegio católico, jamás me encontré de nuevo con esas líneas ya que curiosamente, en esos ámbitos no se estudia la Biblia sino las interpretaciones de la Iglesia sobre ella.

Aún así, diferentes versiones de la Biblia convivieron en mi casa ya que mi madre se convirtió al protestantismo* y me volví a hacer con el resto del cuento siendo aún joven.

[... continuará]

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