Como disciplina taoísta, el Tai Chi se basa en la doctrina oriental
del Yin y el yang, los contrarios que se complementan, la naturaleza
de todas las cosas: lleno y vacío, masculino y femenino, luz
y oscuridad. Cuando uno practica en la montaña se convierte en
parte del entorno, ya no es un paseante o un testigo, se funde con el
ritmo instintivo de las cosas.
No
hay religión alguna tras su ejercicio, el grado de devoción
lo marca la personalidad de cada persona, la sensibilidad y la humanidad.
El Tai Chi no le separa a uno de lo que es, al contrario, le conecta
con aspectos sutiles que habitan lugares a los que no siempre acudimos,
en soledad, pues el Tai Chi se practica solo aunque estemos rodeados
de una multitud. Un profesor y buen amigo me dijo una vez: "No
te acomodes, por mucho tiempo que lleves practicando no te acomodes".
El total desconocimiento de su base filosófica no impide disfrutar
del Tai Chi. Existe para todo el que quiera encontralo.